XVII EXPOSICIÓN VIRTUAL DE POESÍA Y ARTE

EN HOMENAJE A NORA STREJILEVICH

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http://norastrejilevich.com

Congreso de la ACH

2022
 
 
  
Carlos "Cerezo" Carschenboim (Argentina)
Dar un paso, es también dar la vuelta al mundo


Comienzo  a escribir y es como cuando leo tu libro, Nora, y debo soplar para separar las hojas.

 

1. Tengo urgencia por volver a este siglo, nunca sé dónde guardar esta maravilla (24). Y la maravilla aparece cuando me conecto, no solo con tu escritura sino con mi historia dentro de ella. Me viene a la memoria Paul Eluard y su idea de la mujer como mediadora entre el amor y las cosas, entre los escombros que cada uno amontona en su memoria y el relevamiento de las partes que quedan útiles para seguir caminando o huyendo. Te veo a vos y tu texto/ historia instruyéndome para que seleccione los retazos de mi historia que permitan abandonar el pasado sin soltarlo.


2. Tal vez sea como visitar una tumba y llegar sin flores (256). Me meto dentro de tu escritura y no sé cómo saldré. Una tumba me plantea descanso o el instante en que deba partir de nuevo a algún lugar innominado. Tu libro, Un día…, me atrapa al descubrir zapatos demasiado gastados, muchas aduanas, controles fronterizos y puertas circulares que, al final se intuye, llevan al mismo lado.


El Talmud predice que, para saber adónde vamos, debemos saber de dónde partimos. Sigo leyendo como estrategia de encontrar algún final que detenga, por fin, tu partida o quizás, en ella, descubrir también la mí y así poder silbarle sonatas a mi antiguo yo (18).
 

3. Como un grupo de náufragos que llegan a la costa sanos y salvos, nos abrazamos en silencio (234). Los personajes de tu historia me duelen hasta el alma, hasta algún atrás desde mi origen en un pueblo remoto desde donde me armé como ser, habitante de este país ignoto. Mi familia eran unos náufragos europeos exiliados que comieron y lloraron su horizonte desde la barca que los arrimó a esta tierra recibidora. Siento que somos todos náufragos mirando un horizonte con una línea imprecisa esperando en vano que algún vigía interno nos anuncie ... Tierra. Alguien dijo que el exiliado nace con su nuevo lugar pero nace viejo o tarde (57); a los afuerinos ni siquiera se los espía, se lo mantiene a distancia (71).

 

Siento que en ese abrazo se mezclaban historias compartidas y cartas viejas, como si al abrirlas encontráramos pistas desgastadas de tanto olvido. 

 


4. Me gusta tu escritura que me hace tener al pasado como si fuera una piel inmóvil, percibo infinitas historias salidas de voces que se desparraman como los vidrios en la vereda (234). Siento que estás repitiendo, en cada instante, uno de los entreveros inútiles de la humanidad. Tengo una atracción alucinante por agacharme, hacer el esfuerzo, elegir algún vidrio roto en la vereda, juntar los pedazos y recomponer algún jarrón de antigua data. Me viene como protección el miedo a cortarme con algún trozo de vidrio y que el jarrón (de antigua data) ya no sea el mismo, porque dejé un poco de mi sangre, acaso del lado de adentro.



5. Entre bambalinas una mujer llora a su muerto. Espío y me da pudor, me siento ladrona de dolores (234). Estoy ahora escribiendo estas notas y veo desde mi terraza un serial de ventanas abiertas y cerradas, gozosas o truncas, y no puedo más que imaginarme sus habitantes y sus tumbas (a futuro). Un camino dislineal, amorfo, impreciso, pero inevitable. Cuántas ventanas espiadoras roban los dolores (a futuro) negando o distrayendo su camino finito y ahuecado. Como si entre bambalinas la muerte, ella, nos espiara a todos… La muerte nos concernía a todos... No éramos otra cosa que eso, nada más -nada menos tampoco- que esa muerte que crecía. La única diferencia entre nosotros era el tiempo que nos separaba de ella, la distancia todavía por recorrer (277).  

 

6. En mi terraza, con el sol ya saludando un hasta mañana, achicándose brilloso y escuchando un concierto de chelo de Boccherini, retomando estas notas, a pesar del esfuerzo no pude separar la historia del historiado. En cada costado estaba tu encuentro y, con cada signo de puntuación, en ese instante antes de la palabra siguiente, en el silencio musical de la espera, aparecía tu presencia con algún suceso y la escritura casi corpórea de las palabras marcadas en el recuerdo.

 

Me parecen mil años de existencia y mil leños amontonados para danzar un ritual atávico y resolver, en un solo acto escénico, nuestro dramático volver a un pasado pegadizo y falaz que nos atrapa a todos para recordarnos qué fuimos y así permitir, al desanclarnos, entender qué podemos ser. Tenemos el ayer como portal encendido observándonos. Esa frase me encandiló demasiado como para obligarme a bajar los ojos y reproducirla. Sea como sea, mientras se aleja navegando hacia su ayer me meto en su barca -no sé cómo- y veo lo que ve (249).

 


7. En tu libro hay una misma línea de escritura, una dirección en el relato, pero entrelíneas aparece algo oculto; no sé con precisión dónde se descorre ese velo que hace cambiar un orden en las palabras. Abelardo Castillo las llama "esas putitas" (a las palabras que se movían como jugando y molestando, despertando a quien las lee).

 

Creo que a partir de tu regreso de Ciudad del Cabo, que contás en Un día…., yo leo lo mismo (una historia, digamos), pero con asiento en otras palabras, como si te volvieras más seria, más "adulta". Hay frases que me atrapan como si hubiera otro nivel de resonancia y la poética se delineara en ahondar más en el dolor. Quizá tantos padecimientos oídos y compartidos en Sudáfrica (en la Comisión de Verdad y Reconciliación) o el testimonio que, finalmente, diste en Argentina (en los Juicios de lesa humanidad), nombran un peso tan enorme que aplana las palabras, como si solo se pudiera hablar de eso desde cierta distancia que permite al menos respirar, como si la narración no quisiera ya brillar, no sé cómo explicarlo; como si, ante el horror, se debilitaran (o palidecieran) las metáforas.

 


8. No puedo dejar de tener presente las visitas y charlas con León, tu padre, el libro que escribió ¿Es la política una mala palabra? y tu casa enorme. No me atrevía a recorrerla creo que por temor a encontrar recuerdos como olvidos, o algún baúl semiabierto que despertara mi actitud de hurgón. Me enclaustro entre seis paredes, cuatro ventanas y seis puertas (73). 

 


9. En ese entonces quería aprender a dibujar, ahora, a sobrevivir (275).


El Temazcal es una ceremonia ritual sagrada antiquísima. Se realiza en grupo y con la asistencia de un chamán que la guía. Hace años participo en esas extraordinarias prácticas, digamos espirituales. que tienen como objetivo despertar en el practicante aspectos, emociones, recuerdos, en plena oscuridad y, tal vez, reencuentros con seres escondidos en oquedades de nuestra esquiva historia. En mi último Temazcal, que realicé en marzo de 2022, me aparecieron como apretados por una aplanadora los recuerdos fulminantes de mi pasado familiar. Sentí que, de un solo grito, recuperaba la memoria del linaje del cual formo parte, con el dramatismo y vigor de mi pasado que se desliza hacia lo que soy y serán mis hijos y nietos con una incuestionable heredad. 
Me vino de golpe, como si fuera una película, la imagen de los cosacos ucranianos, formados frente a las paredes de la casa de mis abuelos paternos. En su escapada furiosa hacia Polonia habían recibido la orden de asesinar a todos los judíos de esa Rusia en guerra civil, que finalizaría con el triunfo de los bolcheviques. La escena sería monstruosa. La orden era no disparar un solo tiro o sea, matar a sable limpio; las mujeres serían violadas previamente. Luego los cosacos ucranianos pasarían por Polonia hacia un destino cruzado por este presente cruzado de guerra y aniquilación... y pasaron casi cien años.

 

Mi papá, José Carschenboim, fue el único de mi familia que se salvó. Su corta edad, de cinco o seis años, le permitió esconderse en algún rincón de su casa natal. Presenciar la masacre y lograr sobrevivir.  Sobrevivir, esa palabra, sobrevivir.

 

No se salvó nadie más que mi padre. Todos perecieron.  Simón Petliura, el que dio esa fatídica orden, es considerado hoy héroe nacional ucraniano.

 

Hace pocos días, toda mi familia festejó un cumpleaños en casa de uno de mis hijos, en una localidad de la provincia de Buenos Aires. A esos encuentros, debo aclarar, acuden hijos (cinco), nietos (seis), yerno (uno), nueras (dos), (ex)posas (dos), y amigos, con una divertida y movidita diversidad de etnias, colores, religiones y otros etcéteras. Reuní a mis hijos en un rincón del jardín para compartir la experiencia del Temazcal. 

Hay una línea que, aunque no la veamos (por las circunstancias y los vericuetos caprichosos de nuestra historia) siempre están y a veces aparecen con todo el peso de su mágico avatar. Si no se hubiera producido ese genocidio atroz en la Rusia en guerra civil, si no se hubiera recibido esa orden de aniquilar a los judíos en ese pueblo eslavo, si mi padre no se hubiera escapado con dos primos salvados de un pueblo cercano y venido a este ignoto rincón del mapa, la Argentina, nosotros, los herederos de ese linaje absurdo e impensado, no nos habríamos constituido en familia gozosa y festejante.

 

Nuestra familia está unida con lazos de sangre de lejana raigambre ruso judía, hoy entreverados con mulatos, mapuches, cristianos, blancos y muchos otros que vendrán, edificando una numerosa y colorida familia como una micro aldea y una nueva e impensada historia sin final.


Carlos Carschenboim (mi apellido, en idish, quiere decir árbol de cerezo). Argentino, arquitecto, cuentista, diseñador de máscaras, acérrimo practicante de yoga y meditación, guitarrista y cantautor.

 
  
 
  
 
 

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