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TANYA TYNJÄLÄ
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Leyenda
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¡Y qué se me dio por aparearme con un anciano!  Ahora sufro las consecuencias, las vivo en la piel y el cerebro.  Estamos solas en esta mansión –laberinto.  Solas y aisladas del Mundo.  Tiranizadas y solas.
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Felizmente su savia era tan débil que mi semilla la dominó.
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¡Hembras, hembras! ¡Para qué quiero hembras! ¡Quién se hará cargo de la propiedad cuando yo muera!
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Como si alguien quisiera quedarse con esta mansión-laberinto, con esta tierra-isla desierta, olvidada del Mundo.
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Y agradezco que ellas sean sólo mías.  Su savia apenas si fue útil para despertarlas.  No llevan nada de él escrito en la sangre: son morenas y tibias y sonríen a pesar del frío.
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Deberíamos partir... pero tengo miedo. El viaje será peligroso, lo sé. No necesito haberlo vivido para saberlo... sin embargo, no dejo de pensar en que deberíamos partir...
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Desde hace tres días no se mueve, permanece sentado en esa cornisa de su cuarto, sonriendo al vacío, mirando la nada.  Debe estar al fin muerto pues ya empieza a oler mal.
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Mis dudas se disipan cuando encuentro esta mañana opaca a la araña bien instalada en un rincón del cuarto, al principio pequeña e inmóvil, luego creciendo mientras avanza poco a poco hacia él para terminar cubriéndolo con su manto.
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Se lo comerá pronto.
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Su magra carne no será suficiente para satisfacerlo.  Cuando acabe con él, seguirá con mis hijas.  Es tiempo de partir.
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Cierro cuidadosamente el cuarto con llave, la lanzo sin mirar dónde y bajo.  Encuentro con dificultad la cocina en donde mis hijas juegan con cáscaras de naranja (A veces pienso que los cuartos cambian de posición sin previo aviso, sólo para molestarnos). Ellas no tienen derecho a un cuarto, ni a pelotas de cristal, ni a muñecas de madera, es el precio por ser hembras.
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- Es tiempo de partir.
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- ¿Y el señor? – La primogénita cuestiona suavemente con su voz y sus ojos de gacela.
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- Ya es tarde para él, debemos partir.
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Se visten con sus trajes de lana y sus botas de cuero; el viaje será duro, deben proteger sus cuerpos.  Cojo a la primogénita con la mano derecha y a la pequeña con la izquierda y salimos del laberinto.  Atravesamos el campo, ya hace mucho tiempo árido.
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- No miren atrás.
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- Sí, la sal.- Dice la primogénita.
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La miro, sonrío.
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- No, ésa es otra historia.  Sólo que no es bueno mirar lo que se deja atrás, sobre todo si solamente se abandonan lágrimas y dolor.
Mi primogénita ya es casi una mujer.  Parece una fruta madura a punto de caer del árbol: tersa, pulposa, perfumada.  Nadie la manchará con besos de ceniza, nadie la abrazará hasta asfixiarla.  Sé a dónde ir.
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Cuando llegamos al límite del campo, penetramos en ese bosque que hasta ahora sólo habíamos visto desde la ventana del ático.  Ellas temen, lo siento en el silencio.  Pero debo seguir a pesar de las hojas que nos susurran secretos que no queremos conocer, a pesar de las piedras que se cruzan en el camino, casi sin consolar a mi pequeña cuando cae, ignorando sus jadeos, nuestro cansancio, debemos llegar antes de que se oculte este sol que ni siquiera es capaz de calentarnos.
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Finalmente lo encuentro, respiro aliviada.  El riachuelo es apenas un hilo de agua, pero es.
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- Ahora yo debo ir adelante para mostrarles el camino. No podré ver si me siguen o no.  Tú sostendrás el filo de mi falda y te asegurarás que tu pequeña hermana haga lo mismo con la tuya.
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-  ¿Tardaremos mucho?- Pregunta la primogénita con su voz de paloma.  Siempre fue una paloma.  Aun recuerdo que a su nacimiento lo primero en salir fueron plumas.  Al principio me aterré. ¿Habría parido un ave?  Luego al verla tan bella el miedo pasó.  Ahora sé que las plumas se quedaron en su voz.
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-  No... no lo sé.- No deseo asustarlas pero realmente ignoro cuánto durará nuestro camino, sólo sé que debemos llegar.
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El hilo de agua se va haciendo cada vez más ancho, en un momento debemos parar y quitarnos las botas para no mojarlas y poder avanzar mejor.  Lo hacemos rápidamente para no perder el tiempo.  Yo cargo las botas, ellas ya tienen suficiente con seguirme.  De cuando en cuando mis pies resbalan, tengo miedo, repito constantemente “Por favor ¡Por favor! Asegúrate que tu pequeña hermana se aferra fuerte al borde de tu falda”.  “Sí, mamá” responde en un suspiro.
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El agua es fría y las piedras duras; mis pies se entumecen ¿Cómo estarán los piececitos  de mis hijas?  No tengo tiempo de lamentarme, pero no puedo evitar que gima mi corazón.  “Avancen, ya llegamos” Grito para que no escuchen los gemidos.  Ruego que me estén siguiendo, no puedo mirar atrás, un paso en falso y estaríamos perdidas.  Debo pulverizar las piedras para que ellas sigan mi camino, pero contra el agua fría no puedo hacer nada, me duelen los pies ¿Y cómo estarán... cómo estarán...? “Avances ya llegamos, ya llegamos”.
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Y al final de nuestras fuerzas, llegamos:
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La fuente primera.
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Curiosamente la cascada es tibia.  Quizá al convertirse en riachuelo el agua se disfraza de frío para desalentar a los cobardes.
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Nos ponemos las botas y entramos en la fuente.  Ya no tenemos frío, nos colocamos bajo la cascada y las abrazo.
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- No se suelten y contengan la respiración.
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Me hundo, las hundo.  Cada vez más hondo, en un punto temo ¿Y si no llegamos?  Cada vez más hondo, tan hondo que salimos al otro lado del mundo.
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La pequeña tose y escupe agua, no supo contener bien su respiración.  La beso, la consuelo.  Salimos del agua, el sol seca rápidamente nuestros trajes.
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- Escuchen.
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Mis hijas obedecen.
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- ¿Quiénes hablan? ¿Por qué no entiendo lo que dicen? – La primogénita vuelve a preguntar.
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-  Son animales, quizá podamos verlos pronto.
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- ¿Animales?
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- Ya comprenderás cuando los veas.
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Los árboles apenas si se mueven, el viento es suave.  Encontramos una gruta cubierta por tibio musgo y decidimos habitar en ella.   Nos alimentamos con las frutas que generosamente caen a nuestras manos y con la misma agua que nos trajo hasta acá.
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- Mamá ¿Crecerá algún día? – Pregunta mi pequeña hablando por primera vez.
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- No, ya no cambiaremos. Permaneceremos siempre así, este lugar nos protege.
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No responde, sólo sonríe satisfecha.
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Juega con las ardillas y las golondrinas por la mañana y con los erizos por la noche.  A mi primogénita le encanta pasar horas en la fuente lavando su larga cabellera.  Yo sólo las contemplo.
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Con el correr del tiempo la gente dirá de nosotras que sólo somos espíritus de la selva.
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Página puesta al día por_José Antonio Giménez Micó_el 1 de octubre de 2015
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